jueves, 1 de noviembre de 2007

Perro Mimo en las cavernas


Arrastró una tormenta de descuidos a Perro Mimo hasta la boca de una cueva, por suerte él sabía nadar desde cachorro marrullero. “Dónde estás Perro Mimo”, preguntó la cueva dormilona mientras masticaba a los osos invernando. Escupía oscuridades timadoras la boca de piedra, pero las patas de este perro nunca aprendieron a temer de las leyendas. Se tragan los labios calizos los pasos indecentes del can, que antes olfatea para despedirse de las nubes y sacudirse el polvo de tantos días sin aventura. Adentro sonaron las batallas de las rocas entre las dos orejas, se acercó el aleteo de murciélagos con ritmos africanos, el tum hizo tambalear los sentidos caninos; las pulgas del lomo bailaron un danzón prohibido. Perro Mimo buscó su sitio en el hueco que dejaban los rituales del sonido. El can brincó a lo alto de una laguna subterránea, vigilado por los músicos ciegos de cabeza, que ya esperaban su regreso para un rock n` roll intrascendente. En pleno bailongo el perro moja su lengua en el charco del delirio: vueltas y vueltas. Y del negro resplandecen las manchas de colores realmente vivos: más vueltas y más vueltas. A la salida los edificios son chiquitos, diminutos como la barba del mendigo que alguna vez nació en un castillo, otras vueltas y otras vueltas se escapan por los ojos marrones del perro vagabundo, pero se detiene en una esquina y devuelve el charco a su lugar.

En la rebelión de la mañana trepa Perro Mimo, escala las cordilleras de su infancia, de los juegos sin destino, de los universos de papel. Trepa, pero siempre queriendo caer. Sale con los ojos submarinos, los pelos derrumbados, las patas astilladas y un zumbido que se hace melodía al caminar.

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